Territorios intersticiales:
pesca artesanal y agroecología en la historia y la etnografía urbanas de Rosario°

Interstitial Territories: Artisanal Fishing and Agroecology in Rosario’s Urban History and Ethnography

Diego Roldán*

El artículo analiza la pesca artesanal y la agroecología urbana en Rosario como prácticas productoras de territorios intersticiales que reconfiguran la ciudad desde sus márgenes. A partir de un enfoque cualitativo que combina etnografía e historia urbana, se examinan las dimensiones territorial, ecológica y comunal de estas experiencias. Los testimonios de pescadores y huerteros revelan modos de habitar sostenidos en la reciprocidad, la memoria y la transmisión intergeneracional, que contrastan con las racionalidades extractivas, logísticas e inmobiliarias. Lejos de ser residuales, estas prácticas constituyen infraestructuras de cuidado y producción que inscriben genealogías urbanas invisibles para los registros documentales clásicos. El trabajo propone el territorio intersticial como categoría analítica para problematizar las narrativas que piensan la ciudad en la tensión entre mercado y planificación. En su persistencia, estas prácticas muestran cómo la vida cotidiana y los vínculos comunitarios rehacen el tejido urbano y abren horizontes alternativos para pensar la historia y el presente urbanos.

Palabras clave

territorialidades

pesca artesanal

agroecología urbana

historia

etnografía

Recepción

9 de marzo de 2026

Aceptación

2 de julio de 2026

° https://doi.org/10.52292/csh5520266072

* Instituto de Estudios Críticos en Humanidades - Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas. Universidad Nacional de Rosario, Argentina. ORCID: https://orcid.org/0000-0002-2223-8904. Correo electrónico: diegrol@hotmail.com.

Resumen

The article analyzes artisanal fishing and urban agroecology in Rosario as practices that produce interstitial territories that reconfigure the city from its margins. Using a qualitative approach that combines ethnography and urban history, the territorial, ecological, and communal dimensions of these experiences are examined. The testimonies of fishermen and gardeners reveal ways of living based on reciprocity, memory, and intergenerational transmission, which contrast with extractive, logistical, and real estate rationalities. Far from being residual, these practices constitute infrastructures of care and production that inscribe urban genealogies invisible to classical documentary records. The article proposes the interstitial territory as an analytical category to problematize narratives that conceptualize the city in terms of the tension between market and planning. In their persistence, these practices reveal how everyday life and community ties remake the urban fabric and open alternative horizons for thinking about urban history and the present.

Keywords

territorialities

artisanal fishing

urban agroecology

history

ethnography

Abstract

105-132

Do

Introducción

Asentada en la margen occidental del río Paraná, Rosario creció al ritmo de su condición de nudo ferroportuario. Hacia fines del siglo XIX, ese enclave moldeaba su estructura económica y territorial. En este contexto, Lanciotti (2009) observó la inicial primacía de dinámicas rentísticas y empresariales en el crecimiento urbano, mientras que Rigotti (2005) y Galimberti (2015) destacaron un desarrollo posterior, aunque precoz, de herramientas de planificación. La combinación de ambos argumentos reconoce dos grandes fases de producción urbana hegemonizadas por fuerzas diversas. La primera, entre 1887 y 1914, signada por las lógicas del mercado inmobiliario. La segunda, desde comienzos de la década de 1920, parcialmente regulada por expedientes diagnósticos y algunas fórmulas de planificación. Estas últimas, no obstante, mostraron una influencia política y urbana no demasiado firme y coherente a lo largo de su trayectoria. Bajo el debate en torno a la reestructuración ferroviaria, la ciudad se consolidó entre 1923 y 1935 como un laboratorio para el urbanismo (Fedele, 2018). El alcance de esa segunda fase (1920-1940) repercutió menos en la reorganización del trazado de Rosario que en el modo de concebirlo. Antes que en la materialidad, la huella de esos relevamientos, ordenanzas, expedientes urbanos y planes reguladores decantó en un vocabulario, unos diagnósticos y unos horizontes de intervención.

A partir de los registros documentales que dejaron estas operaciones, se delineó una manera de leer el pasado urbano de Rosario. No fue un proceso deliberado ni plenamente atribuible a los documentos o a quienes los interpretaron. Más bien, dependió de un umbral operativo donde se imbricaron hábitos disciplinares, expectativas profesionales y una familiaridad tácita con ciertos lenguajes. De ese movimiento, hecho de aproximaciones parciales y afinidades silenciosas, comenzó a perfilarse un repertorio de ideas y sentidos. Gradualmente, ese conjunto adquirió la consistencia de una tradición hermenéutica. De manera concomitante, fueron sedimentando problematizaciones, enfoques y modos de mirar la ciudad que más tarde influirían en cómo se narraron sus historias.

Entre los años 1940 y 1970, Rosario se inscribió en un régimen de intervención estatal más robusto. La planificación urbana de tipo funcionalista, orientada al desarrollo interno y regional, organizó buena parte de sus transformaciones y proyectos (Galimberti, 2023). Al promediar los años 1970, esa racionalidad comenzó a debilitarse debido a la liberalización del mercado del suelo. Sin embargo, trabajos recientes matizan la idea de un repliegue lineal o una suspensión total del plan y muestran un escenario más híbrido y complejo (Pagnoni, 2026).

La última dictadura militar introdujo una reconfiguración abrupta, con la reorganización de la costa entre usos recreativos al norte, logísticos al sur y mixtos en el centro. Ese reordenamiento preparó el terreno para una Rosario con aspiraciones globales que comenzó a delinearse en los años 1990. La inauguración del Parque de España en 1992 marcó un punto de inflexión en la recuperación de la ribera (Robles, 2014). Instaló la cultura y el espacio público como los ejes de un modelo urbano que las primeras gestiones del partido socialista consolidaron. Hacia 2004, con el III Congreso de la Lengua Española, la ciudad adoptó un nuevo perfil, sostenido por la reinversión de los excedentes agrícolas en los desarrollos inmobiliarios y por una gubernamentalidad estructurada alrededor de alianzas cada vez más frecuentes entre el sector público y privado (Roldán y Godoy, 2025).

A lo largo de este proceso, la morfología de Rosario no estuvo orientada por una sola lógica, sino por la interacción entre el plan y el mercado. Esta dinámica, con sus inflexiones, continúa manifestándose en los desarrollos más recientes sobre la ribera (Kozak y Feld, 2018; Feld, 2021). También se advierte en la expansión metropolitana, en la que la traducción de las herramientas de la planificación a una escala más amplia ha sido compleja y trabajosa (Barenboim, 2013). La condición portuaria de Rosario, vinculada mediante la hidrovía y el puente Rosario-Victoria con circuitos globales de mercancías y capitales, intensificó durante las últimas décadas las presiones sobre el suelo de las urbanizaciones aledañas. En no pocas ocasiones, este hecho sobrepasó las capacidades de regulación de las gestiones locales.

Así, el territorio de Rosario puede comprenderse como el efecto de una tensión entre dos racionalidades. Por una parte, la privada, guiada por lógicas de rentabilidad inmobiliaria y logística; por la otra, la pública, orientada al ordenamiento y la planificación. Esta dicotomía, no obstante, resulta insuficiente. Leer la ciudad solo a través de estos pares polares, además de oscurecer las interacciones colaborativas entre el mercado y la planificación, opaca la existencia de un tercer registro de la producción territorial. Se trata de prácticas que operan a ras de suelo y en escalas acotadas, desplegadas por debajo y en las fisuras de las acciones de las grandes agencias públicas y privadas. Este artículo destaca, entre ellas, la pesca artesanal y la agroecología urbana. Ambas configuran un territorio intersticial que se alimenta de las lógicas de lo cotidiano, la reciprocidad y la cohabitación. Su construcción se desplaza, con discreción y modestia, de los marcos mejor establecidos de la planificación y la rentabilidad.

Desde una perspectiva historiográfica, la atención a estas prácticas interroga las maneras en que Rosario ha sido representada. La historia urbana argentina ha privilegiado la vivienda, la planificación, el hábitat popular y el espacio verde, entre otros temas (Padín y Perren, 2015; Roldán y Fedele, 2025). En cambio, otras territorialidades vinculadas al trabajo, el conflicto y los vínculos ecológicos quedaron en manos de la historia del mundo laboral, de los movimientos sociales y del ambiente.

En diálogo con los debates que conciben la historia urbana como un campo de enfoques en tensión más que como una subdisciplina cerrada (Gorelik, 2004; Almandoz, 2017; Landa, 2020), este artículo procura incorporar la pesca artesanal y la agroecología como objetos de indagación. Ese desplazamiento coloca entre paréntesis las narrativas más extendidas, que atribuyen al mercado inmobiliario o a la planificación urbana un papel decisivo y casi excluyente en la producción del territorio.

Además, el trabajo busca colocar a la historiografía en diálogo con algunas orientaciones de la sociología, la antropología urbana y el urbanismo crítico. Entre ellas, se destacan la sociología del urbanismo subalterno de Ananya Roy (2013), la antropología del habitar de Michel Agier (2011) y las discusiones sobre la urbanización de Neil Brenner y Christian Schmid (2016), cuyas categorías permiten releer las prácticas intersticiales desde un registro no capturado exclusivamente por la dicotomía plan/mercado. De Roy retoma la advertencia sobre el sesgo normativo de las teorías urbanas elaboradas desde el Norte Global, que vuelve hasta cierto punto ilegibles los urbanismos producidos al margen del plan; de Agier, la atención etnográfica a las formas de habitar que se inventan en los bordes; de Brenner y Schmid, la idea de que la urbanización desborda los límites de la ciudad y enlaza riberas y rururbanos con circuitos más amplios. Con esas categorías se releen las prácticas intersticiales en un registro del que la dualidad plan/mercado no da cuenta, y se articula la reconstrucción histórica de Rosario con preguntas provenientes de este conjunto de estudios urbanos y sus reflexiones sobre lo contemporáneo. Este cruce considera la pesca artesanal y la agroecología en dos dimensiones. Por un lado, como prácticas arraigadas en territorios específicos y, por el otro, como observatorios desde los cuales reconsiderar los modos en los que se ha construido la historia urbana.

El artículo sostiene que tanto la pesca artesanal como la agroecología urbana conforman territorialidades intersticiales que desbordan los usos del suelo urbano regidos por las lógicas de la rentabilidad y el planeamiento, y revelan genealogías poco registradas en los archivos documentales. Antes que residuos del proceso de urbanización, ambas conforman un tercer registro de producción territorial, irreductible a la oposición entre plan y mercado que ordenó tanto la historia material de Rosario como los relatos que la narraron. El objetivo consiste en reconstruir estas prácticas en sus dimensiones territoriales, ecológicas y comunales para mostrar cómo su persistencia permite repensar la historia y la historiografía urbana de Rosario desde sus márgenes. Las tres dimensiones analíticas presentadas —territorial, ecológica y comunal— operan como planos integrados de una misma demostración. Además, el análisis interpreta en la evidencia etnográfica las huellas de procesos históricos de más largo aliento. A partir de ello, el trabajo construye un puente entre la historia y la etnografía urbanas, y vincula las prácticas contemporáneas, sus fórmulas de inscripción territorial, sus pasados y las memorias que las sostienen. La articulación busca ampliar los relatos históricos y sugerir instancias más porosas para aproximar las matrices analíticas e interpretativas de ambas tradiciones.

Marco teórico conceptual

Entre la ribera en la que se amarran las canoas y los baldíos donde prosperan las huertas, Rosario deja aparecer una franja de espacio que ni la valorización inmobiliaria ni el planeamiento alcanzan a organizar. En la estela de Lefebvre (2013), esa franja remite a un espacio diferencial, producido de manera lateral respecto a las lógicas dominantes y habitado por prácticas que se sostienen en otra economía de relaciones y temporalidades. El intersticio es la designación para ese pliegue, una zona híbrida y superpuesta, en los términos del tercer espacio de Soja (2010), donde las oposiciones con que suele describirse la ciudad pierden nitidez y eficacia. La pesca artesanal y la agroecología urbana se inscriben en ese pliegue y exigen un repertorio conceptual capaz de seguirlas a través de tres planos: el territorial, el ecológico y el comunal. Antes que ilustrar categorías previas, cada dimensión convoca nociones que la vuelven legible y la ponen a prueba en contraste con la textura de la evidencia.

La dimensión territorial es donde se especifica el concepto de territorio. Frente a las acepciones jurídicas y económicas que lo asimilan a una superficie delimitada y a un contenedor de recursos, aquí el territorio se entiende como producto de relaciones de poder y de apropiación (Raffestin, 2011). La pesca y la huerta exhiben un entramado de prácticas, materialidades y vínculos que se actualizan con cada jornada en el río y cada ciclo de cultivo. El territorio no antecede a esas operaciones; más bien, resulta de ellas, como efecto provisorio de usos y apropiaciones que ordenan ritmos y pertenencias. En este sentido, el territorio se comprende como una relación no sustantiva vinculada con la apropiación y la territorialización práctica. En la línea de la geografía crítica latinoamericana (Santos, 2000; Escobar, 2010; Oslender, 2016), el territorio responde a las fórmulas de apropiación material y simbólica nunca clausuradas, atravesadas por fricciones de recomposiciones que se renuevan en cada desplazamiento. En la lectura de Haesbaert (2013), la condición inacabada del territorio es decisiva. Cada desplazamiento de los pescadores y huerteros activa nuevos anclajes que reorganizan prácticas y vínculos. De esa dinámica surge la multiterritorialidad, entendida como la experiencia simultánea de territorios superpuestos articulados en las movilidades de los agentes. Asimismo, esta perspectiva presenta al proceso de territorialización como una constelación abierta e inestable.

La triada de Lefebvre (2013) permite situar dónde se juega esa apertura. El espacio concebido —el de los planos, los códigos y los saberes expertos— proyecta la ribera como suelo recreativo, logístico o inmobiliario; el espacio percibido organiza su uso de forma rutinaria. El pescador y el huertero habitan, en cambio, el espacio vivido, cargado de símbolos y apropiaciones que la planificación y el mercado reducen y/o desestiman. Allí, el amarradero, el sitio donde se tienden las redes o la huerta construida sobre un baldío producen sentidos que ningún expediente, ordenanza o escritura es capaz de traducir sin un resto. Para referirse a esas correlaciones, Santos (2000) ofrece la noción de territorio habitado. Allí las prácticas, los afectos y los usos cotidianos producen el territorio sin necesidad de formalizaciones o normas institucionales. La persistencia de esas apropiaciones a ras de suelo, en las fisuras de las grandes agencias públicas y privadas, traza el primer contorno del territorio intersticial.

La dimensión ecológica vincula las prácticas de apropiación con el terreno. En la huerta, lo humano no se recorta sobre un fondo inerte; antes bien, se enreda con los suelos, las raíces, las herramientas y las semillas que imponen sus propios tiempos. Ingold (2000) describe ese modo de habitar como una percepción desde dentro del mundo, no sobre él ni a distancia, en la que el territorio se constituye en la correspondencia entre líneas de vida y materialidades. El huertero que lee la humedad de la tierra o el pescador que interpreta la creciente participan menos de la contemplación de un objeto exterior que de una trama que los excede y los organiza. La corriente, la creciente y la fertilidad del terreno no son escenarios, sino agentes de esa trama, en tanto desbordan los planes, abren o cierran las jornadas, reorganizan los gestos del trabajo.

El concepto de actante de Latour (2008) sitúa al río, el suelo y las materialidades como fuerzas que orientan las decisiones. Ese entramado conforma una ecología del habitar que supera la voluntad humana de los pescadores y huerteros. La noción del actor-red propone una simetría analítica entre humanos y no humanos definidos por su capacidad de alterar secuencias y dejar huellas. Pensar el río o el suelo como actantes elude su humanización y enfatiza su carácter de fuerzas capaces de reorganizar el trabajo.

Esa composición es, además, precaria y multiespecie. Tsing (2019) muestra cómo ensamblajes similares emergen desde las ruinas del capitalismo y desafían las narrativas urbanas centradas en la estabilidad y el control. En las huertas, la reproducción de semillas, la circulación de saberes y la continuidad de prácticas que resisten las corrientes y pulsos de agua, las embarcaciones y los ciclos hidrológicos configuran una economía de subsistencia que los mercados formales no capturan por completo. La ecología política de Martínez Alier (2004) sitúa esas tácticas en historias largas de trabajo y despojo, para leerlas como modos de producción de formas de vida que persisten al margen de las cadenas hegemónicas de valor. La dimensión ecológica del territorio intersticial se afirma en esa trama tejida entre humanos y no humanos que las lógicas de la rentabilidad y el ordenamiento no alcanzan a registrar.

La dimensión comunal se asienta como una infraestructura de apoyo vincular (Simone, 2004). Ningún plano ni ordenanza capta las relaciones de reciprocidad que se establecen entre pescadores y huerteros. Sin embargo, estos movimientos sostienen la trama comunal sobre la que se asientan las prácticas de la pesca artesanal y la agroecología urbana. Certeau (1999) llamó tácticas a las operaciones que, sin un lugar propio ni una visión panorámica, aprovechan la ocasión y se acomodan a las grietas que abre el orden establecido. Scott (2021) nombró como mētis a los saberes astutos y oportunistas que combinan destreza práctica, lectura del momento, adaptación singular y resistencia a los intentos estatales y mercantiles de codificación y legibilidad. El pescador que decide la maniobra siguiendo la corriente del río y el huertero que ajusta el cultivo al pulso y la composición del suelo ejercen esa inteligencia situada, refractaria a la planilla y al protocolo.

La reciprocidad, la memoria y la transmisión intergeneracional anudan ese saber en el tiempo. El oficio se aprende en la práctica compartida, pasa de una generación a otra y se conserva en relatos que ligan a las familias con un tramo de la costa o un lote de terreno. Tales vínculos operan como infraestructuras de cuidado y producción, sostienen la vida cotidiana, distribuyen riesgos y trazan genealogías urbanas que los archivos rara vez incluyen. En la trama comunal, el territorio intersticial revela su capacidad de rehacer el tejido urbano desde abajo, con discreción, modestia y paciencia, allí donde el mercado y el plan tan solo suponen la existencia de prácticas residuales.

En conjunto, estas dimensiones comprenden el territorio intersticial como una urdimbre. En ella, las prácticas, las materialidades y los vínculos comunales se articulan a través del tiempo. Captar esa constelación exige una apertura metodológica capaz de seguir las huellas históricas y las escenas etnográficas que revelan las alternativas del habitar. En ese cruce entre etnografía e historia, se apoya el apartado metodológico.

Metodología y materiales

Debido a las especificidades del objeto y el trabajo desarrollado, el artículo adopta una metodología cualitativa híbrida, que combina la etnografía y la historia urbanas. Las prácticas de la pesca artesanal y la agroecología urbana no dejan una huella documental estable. En consecuencia, el trabajo etnográfico se convirtió en un componente central para la construcción de materiales de análisis, aunque su despliegue concreto adoptó formas distintas según cada campo empírico y las condiciones en las que se produjo la evidencia. La combinación se ordenó en torno a una hipótesis que propone que la pesca y la agroecología generan un tercer registro de producción territorial, irreductible al par plan/mercado. Esta hipótesis organiza las preguntas de cada dimensión analítica (territorial, ecológica y comunal) en el trabajo de campo.

Para la pesca artesanal, las entrevistas se realizaron a partir del proyecto multidisciplinario “Los conocimientos ecológicos de los pescadores artesanales”, dirigido por el Dr. Claudio Baigún y financiado por la ANPCyT, que reunió a biólogos, antropólogos, sociólogos y geógrafos. Aunque la historia oral hubiera sido un enfoque más pertinente para la reconstrucción, las entrevistas siguieron el método etnográfico y solo su lectura posterior fue reorganizada en clave histórica. Esta operación permitió articular perspectivas que difícilmente hubiesen convergido si la historia oral hubiese guiado desde el inicio la construcción de la evidencia.

En cuanto a la agroecología urbana, la investigación se desarrolló en el marco de un proyecto documental y archivístico impulsado por el Museo de la Ciudad de Rosario “Wladimir Mikielievich”, orientado a recuperar la memoria del Programa de Agricultura Urbana (PAU). La posición híbrida asumida en este trabajo permitió no solo acceder al acervo producido, sino participar en su propio proceso de conformación. Esta doble condición, de historiador y archivista, habilitó registros que excedieron el uso convencional de los materiales documentales y ofrecieron una perspectiva específica sobre la propia construcción del archivo.

Además, estas prácticas generan puntos de vista singulares sobre el territorio, miradas que emergen desde el río o desde los espacios de cultivo. Este enfoque permitió registrar cómo estas prácticas permanecen en los intersticios y los puntos ciegos de los regímenes de observación urbanos.

El trabajo de campo contó con dos etapas. La fase exploratoria (2018-2019) permitió identificar actores y espacios. La fase intensiva (2023-2024) consolidó y organizó el corpus empírico. Se seleccionaron ocho sitios urbanos, cuatro vinculados a la pesca artesanal (Remanso Valerio, La Florida, Silos de Colores, Mangrullo) y cuatro a la agroecología (Parque Huerta, Molino Blanco, Parque Huerta Tablada, Huerta La Linda). Se realizaron dieciséis entrevistas semiestructuradas a pescadores, huerteras y huerteros, referentes barriales y vecinos. El trabajo en el terreno se completó con siete observaciones directas no participantes: cuatro durante actividades productivas (pesca y agricultura) y tres en eventos comunitarios (dos ferias y un festival)1.

El corpus final, más que cerrar un sistema, buscó establecer conexiones entre las prácticas de la pesca artesanal y la agroecología y las metodologías históricas y etnográficas. En ese entrecruzamiento, las prácticas fueron un punto de acceso para reconocer las capas temporales que sostienen estas territorialidades. La reconstrucción histórica emerge así entrelazada con las prácticas, los ritmos y las memorias que se hicieron visibles durante el trabajo de campo.

Dimensión territorial: la composición de las prácticas cotidianas

La dimensión territorial permite observar cómo las prácticas intersticiales se sostienen en apropiaciones móviles, discretas y específicas que trascienden los marcos de la planificación y la rentabilidad. En esos pliegues del territorio urbano, se hacen visibles las tácticas, desplazamientos y negociaciones que sostienen la persistencia de la pesca artesanal y la agroecología. Los territorios de la pesca artesanal y de las huertas agroecológicas están rodeados de un régimen territorial atravesado por procesos que, en las últimas décadas, han tendido a privilegiar usos intensivos del río y el suelo urbano. Por un lado, la expansión de infraestructuras logísticas navales y viales de gran escala y ciertas valoraciones económicas de la naturaleza. Por otro, la creciente mercantilización de áreas estratégicas de la ciudad, particularmente aquellas vinculadas a los cuerpos de agua y a las zonas de la periferia metropolitana. Estos procesos, que se intensificaron a partir de los años 1990, reconfiguraron la relación con el río en Rosario y en su área metropolitana (Galimberti, 2015). La costa de Rosario se convirtió en un corredor recreativo y residencial; mientras que hacia el área metropolitana, los puertos privados se multiplicaron, tecnificaron y cercaron. Sin embargo, la pesca artesanal y la agroecología son prácticas territoriales que se sostienen en los intersticios de estas territorializaciones de gran escala. Sin antagonizar con ellas de manera abierta, sus formas de apropiación del espacio insinúan otras maneras de relacionarse con el territorio. Aquí se analizan sus modalidades de producción a partir de un trabajo en los territorios costeros y los nodos agroecológicos.

La idea de una costa recreativa, pública y residencial se vuelve menos nítida cuando se la contrasta con los testimonios de los pescadores. Algunos de ellos todavía ocupan los restos de ese borde urbano. Raúl pesca desde hace más de veinticinco años y su trayectoria condensa desplazamientos y relocalizaciones que conforman una experiencia colectiva.

Antes pescábamos por casi toda la costa. No había problema. El puerto nunca fue una traba para nosotros. Pero con los clubes, los bares, los locales nuevos y las placitas… todo eso nos fue corriendo. Hoy somos pocos y estamos desperdigados. Se fue perdiendo nuestro lugar en la costa (Raúl, pescador artesanal, comunicación personal, 14 de marzo de 2023).

Esta recapitulación hace evidente que el proceso de recuperación de la costa involucró el desplazamiento de la población y de los usos tradicionales del río, como aquellos vinculados a la pesca artesanal (Roldán y Godoy, 2020). Aun así, persisten y se reconfiguran territorios intersticiales que sobreviven a cada nueva oleada de modernización.

Claudio, otro pescador veterano, narra las transformaciones de la costa y los efectos de su puesta en valor. Describe la dimensión experiencial del territorio marcada por la memoria, el trabajo y los vínculos temporales.

Antes, el territorio para nosotros no era algo importante. Pensábamos que a nadie le iba a interesar este lugar. Cuando el puerto estaba más activo, la costa era medio salvaje. No estaba todo ordenado como ahora. Tarde nos dimos cuenta de los intereses que había por este suelo (Claudio, pescador artesanal, comunicación personal, 27 de abril de 2023).

Las estrategias de recreación y rentabilidad constituyen tendencias de renovación que tensionan estas territorialidades. Los territorios de la pesca sobreviven en los intersticios donde se despliegan modos de habitar móviles y creativos. Sus apropiaciones del territorio y usos del tiempo desvían y suspenden parcialmente los parámetros normativos de la ciudad.

Las prácticas de la pesca artesanal, sostenidas en ritmos móviles y en una relación estrecha con las variaciones del río, desdibujan la separación lineal entre temporalidades y habilitan maneras de relacionarse con el ambiente apoyadas en los ciclos. Las movilidades permanentes y el conocimiento profundo del territorio constituyen tácticas y saberes para la conservación del lugar. Estas prácticas funcionan bajo la lógica de los ensamblajes, en los que el río se convierte en actante, articulador de tiempos, lugares y formas de subsistencia (Latour, 2008; Oslender, 2016). Ramona, hija de un pescador histórico, relata cómo las dinámicas de la movilidad y el arraigo son dimensiones constitutivas del vínculo con el territorio:

A mi viejo lo sacaron de la Florida y se fue para la isla. Lo sacaron del Mangrullo y otra vez se fue para la isla. Se iba un tiempo, se quedaba allá, y cuando ya nadie se acordaba, volvía. Como los peces, viste... que van y vienen según la época (Ramona, hija de pescador, comunicación personal, 9 de junio de 2023).

A través de las redes de relaciones interpersonales y familiares que hacen posibles estos desplazamientos, los pescadores han afrontado los ciclos de desterritorialización (Roldán y Pagnoni, 2021). El relato de Ramona sugiere que los desplazamientos del pescador no son decisiones individuales aisladas, sino efectos de una red de actantes (Latour, 2008), donde intervienen personas, parentescos, ciclos hidrológicos, ritmos de los peces, regulaciones y memorias comunitarias. La isla, la creciente, los peces, los desalojos, las redes familiares y las temporalidades del río forman una red heterogénea que habilita y orienta los desplazamientos. El pescador no “responde” a un entorno exterior, sino que se mueve dentro de una trama que también lo moviliza.

Los intersticios que habilitan las movilidades de los pescadores son similares a los sitios en donde las huerteras recuperan suelos degradados y actualizan saberes de la tierra. Una porción significativa de estos saberes y su trabajo se despliega bajo prácticas localizadas y gestos mínimos que no quedan registrados en ningún manual. Son indicios que condensan una mētis (Scott, 2021) que elude los saberes instituidos. Juliana, huertera de barrio Tablada, comenta el esfuerzo, la dedicación y la paciencia que requiere el acondicionamiento del terreno para la siembra:

Esta tierra, así como la ves hoy, con todas estas plantas y estos frutos, estaba llena de basura. Acá no crecía nada. Hubo que trabajar mucho para recuperarla. Limpiar y después remover continuamente. Para que la tierra de abajo, llegara arriba. Ahora es otra cosa (Juliana, huertera, comunicación personal, 22 de agosto de 2024).

En estos territorios, el río y el suelo no son solo objetos o recursos. Para algunas huerteras, la tierra se vive como una presencia cotidiana que acompaña, exige y orienta los ritmos del trabajo. Ana nos dice al respecto: “La tierra te habla si la sabés escuchar. Un día te da todo y al otro te pide paciencia. Pero si la cuidás, siempre vuelve a darte algo” (Ana, huertera, comunicación personal, 3 de octubre de 2024).

Norma cultiva en el parque huerta de La Linda. En sus relatos, la tierra se vincula con una dimensión afectiva que desborda lo productivo: “Las semillas y la tierra parecen muertas, pero con ellas sembramos tiempo, memoria, deseos y no solo cosechamos verdura, también brota lo otro” (Norma, huertera, comunicación personal, 17 de octubre de 2023). En estos relatos, la tierra desarrolla un comportamiento que no pertenece al de un entorno exterior, sino al de un actante que interviene y afecta la secuencia de acciones.

En los barrios de Tablada y Saladillo, las huertas agroecológicas organizan una producción territorial con un arraigo, en general, mayor al de la pesca artesanal. Sin embargo, ambas actividades están amparadas en lo residual. El suelo inutilizado, retrabajado en el ciclo de las prácticas colectivas y tradicionales, adquiere nuevos usos y proyecta vínculos, proximidades y memorias. Estas dinámicas de apropiación fueron favorecidas durante los periodos de crisis económica de 1989 y 2001. Por entonces, las dificultades para la alimentación en los barrios hicieron de la agroecología urbana una pieza clave de las economías populares. Este impulso aproximó a la agroecología a los programas municipales y las políticas públicas locales2. Sin embargo, tras la reactivación del mercado inmobiliario de 2004, la periferia urbana también se revistió de nuevos valores de cambio (Barenboim, 2013; Roldán, 2025). Estas dinámicas evidencian ciclos en los que las crisis impulsan el fomento de actividades productivas en las periferias por parte del municipio, mientras que, con la recuperación económica, se restablecen los lazos de esos territorios con el mercado del suelo. En ambos casos, estas prácticas muestran las huellas de la negociación, la heteronomía y la complejidad de lo urbano.

A pesar de ello, las movilidades de los pescadores, sus trayectorias entre la costa y las islas, junto con la recuperación de baldíos y suelos residuales, exhiben a la pesca y a la agroecología como fuerzas de reterritorialización en clave multiterritorial (Haesbaert, 2021), capaces de infiltrar en lo urbano las lógicas de lo isleño y lo rural. En los testimonios de pescadores y huerteras, el espacio vivido (Lefebvre, 2013) aparece como una composición territorial sostenida en prácticas cotidianas que organizan tácticas y saberes para vincularse y hacer con el entorno (Certeau, 1999; Scott, 2021). Esta trama anticipa los procedimientos de regeneración que se desarrollan en el apartado siguiente.

Dimensión ecológica: ensamblajes, saberes y aprendizajes

La dimensión ecológica muestra cómo estas prácticas se inscriben en ensamblajes donde humanos y no humanos participan de una misma composición territorial. El río, el suelo, las semillas y los ciclos agrícolas e hidrológicos actúan como fuerzas que orientan ritmos y dimensiones y configuran ecologías del habitar. Las prácticas de la agroecología y la pesca artesanal se nutren de los territorios intersticiales de la urbanización. En estos entornos laterales, los usos no se encuentran plenamente estabilizados y sobreviven márgenes de experimentación y apropiación cotidiana, hecho que habilita a las ecologías populares que emergen de los trabajos barriales, los gestos cotidianos y los saberes que circulan por fuera de los dispositivos técnicos formales. A distancia de cualquier centralidad estable, estas prácticas se configuran como ensamblajes entre cuerpos, materiales y paisajes, en los que los aprendizajes brotan de la interacción con el entorno (Martínez Alier, 2004). En ese entramado, lo humano aparece como una presencia desplazada y rodeada de otras fuerzas que se insinúan en las sombras de los árboles, los reflejos del sol en el agua y los movimientos casi imperceptibles del suelo (Latour, 2008).

Estas prácticas se inscriben en las trayectorias históricas de la pesca ribereña y la horticultura urbana que han acompañado migraciones, crisis económicas y reorganizaciones territoriales. Desde la perspectiva ecológica, la pesca artesanal y la agroecología producen alimentos, pero también sostienen una convivencia con los entornos vivientes (Escobar, 2010). Son modos de habitar que se construyen a partir de la atención, la espontaneidad y la reciprocidad. Este apartado explora la dimensión ecológica de los territorios intersticiales y rastrea los vínculos de los habitantes con el entorno, las prácticas de cuidado, los saberes locales y las pedagogías entre humanos y no humanos.

En la pesca artesanal, los saberes se correlacionan con los ciclos acuáticos, los vientos, las corrientes y el comportamiento de los cardúmenes. En conjunto, estos elementos funcionan como señas de información y actantes ecológicos con los que los pescadores negocian y se asocian de manera cotidiana. Las canoas, los motores, las redes y las herramientas conforman un ensamblaje sociotécnico que se adapta y transforma según las exigencias del entorno, articulando temporalidades, lugares y maneras de subsistencia. Además, en los territorios de las huertas agroecológicas, la orientación solar, la disponibilidad de agua, la selección de semillas y el trabajo de los insectos tejen una red más-que-humana (Latour, 2008) que sostiene el territorio y orienta su producción. La ausencia de herbicidas y fertilizantes industriales, la selección de abonos naturales y la construcción de cercos verdes expresan una preocupación por las conexiones con la tierra. Asimismo, se sostienen en ajustes cotidianos que acompañan las variaciones del entorno, más que en protocolos técnicos predefinidos.

Estas ecologías de encuentros, en el sentido que propone Tsing (2019), se organizan menos a partir de esquemas previos que por obra de la contingencia de las relaciones. Su arquitectura se basa en vínculos prácticos con la tierra y el río. Aldana, huertera en Molino Blanco, asegura que su labor se constituye desde un entramado práctico:

Acá no hay una receta como en la cocina. Acá la receta te aparece después de cocinar. Si no vas probando cosas nuevas, si no estás atento a las plantas y a la tierra, se te va a complicar. Y lo peor es que no vas a aprender nada. En la huerta, equivocarse a veces es más importante que acertar (Aldana, huertera, comunicación personal, 15 de febrero de 2023).

Partiendo de otra experiencia, Roberto describe la dificultad de separar lo humano de lo no humano en el trabajo cotidiano:

La tierra también hace cosas. Tenés que acomodarte a la tierra. Porque la tierra no es algo que está ahí, esperándote. La tierra se resiste, te responde y, sobre todo, te transforma como persona, te cambia. Uno es una persona antes de pisar la huerta y otra cuando se va, cada día (Roberto, huertero, comunicación personal, 28 de febrero de 2023).

Pancho retoma, desde la pesca, una percepción cercana sobre la intervención del entorno en su actividad:

Como dicen por ahí: el pescador propone y el río dispone. Podés hacer todo como corresponde, pero hay una parte del laburo que no es tuya. Hay algo que hace el río y que se te escapa. Tenés que estar atento al río (Pancho, pescador artesanal, comunicación personal, 11 de marzo de 2023).

Leídos en clave simétrica, estos testimonios no describen un fondo inerte sobre el cual actúan el pescador o la huertera, sino una distribución de la agencia. Cuando Pancho admite que “hay algo que hace el río y que se te escapa” o Roberto que “la tierra también hace cosas”, nombran desde una posición etnográfica aquello que Latour (2008) llama actante. Se trata de esa iniciativa que no reside por entero en lo humano. A partir de ella, el trabajo se reorganiza alrededor de la creciente, la sequía o la resistencia del suelo. Estos testimonios traslucen una trama abierta, sostenida en negociaciones, alianzas y afectaciones entre humanos y no humanos. En gestos como sembrar o pescar se repite ese mismo movimiento que traza un ensayo compartido, en el que ambos lados se afectan y se transforman a través del vínculo. Solo en ocasiones estas prácticas pueden conectarse con lógicas extractivas o institucionales. Es el caso de la pesca para frigoríficos o la participación de la agroecología en programas municipales3. Sin embargo, la mayor parte del tiempo, conservan un margen de autonomía que no puede ser absorbido por esas dinámicas. Ese espacio de elección, aunque acotado, define, hasta cierto punto, las redes que las vinculan con el territorio (Escobar, 2019).

Las huertas producen alimentos, cultivan relaciones, articulan saberes intergeneracionales, activan redes de interacción y espacios formativos. Incluso en situaciones de comercialización, las ferias agroecológicas conectan zonas urbanas alejadas, colocan cara a cara a productores y consumidores, y construyen un puente a través de la palabra y el intercambio, manteniendo una lógica relacional que trasciende lo estrictamente productivo y comercial (Roldán, 2025).

Estas maneras específicas de coexistencia contrastan con el modelo urbano hegemónico. Con frecuencia, la ciudad se representa mediante planos y diagramas, dejando en la penumbra el espesor que se despliega en sus intersticios. En las huertas, esta reducción se percibe en los conflictos por el uso del suelo, la falta de infraestructuras de riego y las apropiaciones públicas sin aviso. Paula, maestra jardinera y huertera, describe con claridad esta situación de fragilidad:

A veces vienen y nos dicen que estamos en una zona de riesgo por las inundaciones, pero el riesgo muchas veces es el negocio inmobiliario, un parque industrial, cosas así. Hay otras secretarías que ni saben dónde estamos. Miran el mapa y, como no dice: ¡Cuidado, Huerta! De hecho, no dice nada. Se ponen a proyectar acá (Paula, huertera y docente, comunicación personal, 4 de abril de 2023).

La gestión ambiental y urbana local suele contar con niveles de desarticulación y competencia entre grupos políticos y corporaciones técnicas. Estas operatorias desorganizan las dinámicas sociales, generan ambigüedad, producen infraestructura inadecuada y dejan una previsibilidad insuficiente. Esta trama se percibe en las zanjas abiertas, los equipamientos hidráulicos a medio colocar y algunos senderos desmalezados por los vecinos. En todos estos casos, los trazos responden a una misma lógica de sostenimiento mutuo que estructura la vida cotidiana. Las prácticas populares recuperan la agencia ecológica mediante redes de cohabitación que afrontan la contingencia, la adaptación y la reciprocidad. En lugar de responder a indicadores técnicos o validaciones externas, se sostienen en la regeneración del entorno y las reciprocidades vinculares.

La transmisión de saberes en estos territorios se despliega en la práctica, por observación, corrección y diálogo. Nicolás, pescador joven, describe así su proceso de formación:

No tuve una clase en la orilla antes de subir a la canoa. Acá la cosa pasa por otro lado. Por estar en el río todo el día, viendo y haciendo. Así se aprende. Es todo muy desde lo práctico (Nicolás, pescador, comunicación personal, 19 de abril de 2023).

De esta manera, la canoa se convierte en un lugar de aprendizaje y los pescadores experimentados y el río, en agentes pedagógicos. En las huertas comunitarias, los procesos formativos reúnen a generaciones. La huerta del restaurante Sunderland, por ejemplo, provee alimentos y entrecruza saberes y actitudes. Allí, una persona de mayor edad aprendía de las urgencias de los más jóvenes, pero también los estimulaba a aplacar la ansiedad y aprender a esperar. Mientras plantaban semillas juntos para los plantines, les decía que iban a tener que “dejar hacer a la tierra, al agua y al sol” (Ángela, huertera y docente jubilada, comunicación personal, 2 de mayo de 2024).

Esta pedagogía del entorno enlaza técnicas, afectos y relaciones con la tierra y el río. El ambiente deja de ser una superficie inerte y aparece como algo que acompaña, condiciona y envía señales. Los espacios banales (Santos, 2000) recuperan, allí, su relevancia socioterritorial. Aparentemente improductivos, estos intersticios se muestran fértiles para la actividad social y ecológica. Son suelos poco intervenidos, habitados con ritmos lentos y movidos por relaciones que se ajustan a las variaciones del entorno. En las orillas de la pesca y las huertas urbanas no hay lugar para la eficacia o la espectacularización. El paradigma relacional reintroduce prácticas que contrastan con la imagen previa de una costa o unos baldíos ruinosos y abandonados.

Las prácticas de la pesca artesanal y la agroecología urbana suponen unas modalidades de existencia concretas, localizadas y persistentes. No persiguen experiencias románticas ni utópicas; son repertorios relacionales y cognitivos que rehacen el tejido intersticial de lo urbano bajo otra lógica y con otra orientación. Al incorporar agencias humanas y no humanas, pedagogías comunitarias y saberes prácticos, estas ecologías populares introducen modos de relación y atención que se afinan en la humedad del aire, en las texturas de la tierra y en los pulsos del río. Estas prácticas persisten y permanecen latentes, aun cuando las temporalidades urbanas se hayan reconfigurado una y otra vez.

La comunidad como infraestructura vincular

La dimensión comunitaria evidencia cómo las redes, los intercambios solidarios y las memorias compartidas sostienen estas territorialidades intersticiales. En estas tramas relacionales se actualizan saberes, afectos y prácticas que anclan la persistencia de la pesca y la agroecología en la ciudad. En las experiencias de la pesca artesanal y la agroecología, la comunidad aparece como algo que va más allá de los rasgos de un agrupamiento sociológico o un conglomerado estadístico. En parte, porque funciona como una infraestructura relacional humana (Simone, 2004). Opera como una red que mantiene la actividad cotidiana y orienta las maneras de producir y las lógicas del habitar. Estas expresiones se perciben en gestos menores, como las manos que se tienden y las herramientas que pasan de unos a otros. Son pequeñas acciones que sostienen la continuidad del trabajo colectivo. El presente apartado explora algunas figuras de esta malla vincular.

En primer lugar, esta infraestructura comunal se apoya en prácticas compartidas que organizan las labores y los intercambios. El trabajo colectivo es condición material y simbólica para mantener prácticas alternativas en los territorios intersticiales. Al sur de Rosario, en el Parque Huerta de Tablada, los huerteros establecen turnos comunitarios para el riego y el compostaje. En el Remanso Valerio, los pescadores comparten las canchas y las ranchadas, cuidan de las canoas y las redes. Omar, pescador artesanal, describe algunas de estas relaciones:

Si alguno consigue un buen nailon, lo comparte. Acá preocupa que la red dure, porque tiene un costo del material y otro del tejido. La industrial es más barata, pero dura menos. La que hace el pescador lleva tiempo, pero si está bien armada con el espejo y las boyas, se pesca mejor con esa (Omar, pescador artesanal, comunicación personal, 17 de mayo de 2023).

Estas relaciones de solidaridad alcanzan también a los frutos de la pesca. Durante el trabajo de campo embarcado, pude observar cómo un pescador que había tenido una jornada fructífera compartía los productos de su labor con otro menos afortunado. En la ocasión, las embarcaciones se aproximaron y los pescados —varios sábalos y alguna boga— pasaron por el aire de una canoa a la otra. Estos intercambios están regulados por el conocimiento interpersonal, los vínculos históricos de vecindad o los lazos familiares, que definen expectativas y obligaciones mutuas. Algo similar ocurre en las huertas con las cosechas, sobre todo en los huertos familiares y pequeños, cuya producción con frecuencia termina compartiéndose con miembros de la comunidad que, por inexperiencia u otras situaciones, no han logrado rendimientos suficientes. Estos gestos responden menos a una generosidad excepcional que a una lógica práctica que organiza la continuidad del trabajo y la vida comunal.

Sin embargo, esta infraestructura no es homogénea ni está exenta de fricciones. Se perciben ciertos reparos de algunos pescadores y huerteros con respecto a otros miembros más distantes o menos integrados a la comunidad. Sobre estos últimos se establece un mecanismo de estigmatización lateral (Wacquant, 2007) que funciona tanto para establecer jerarquías y distinciones intracomunitarias como para explicar y reforzar diferencias en las trayectorias y los logros. Algunos miembros políticamente más activos suelen minimizar estas distancias e intentan mantener, al menos discursivamente, a las comunidades integradas. Con todo, estas dinámicas astillan la infraestructura vincular, incrementando la fragmentación, la desconfianza y la individuación de los actores involucrados en procesos cooperativos. Estas fracturas se perciben tanto en comentarios despectivos, advertencias e ironías como en silencios y miradas esquivas. Asimismo, se inscriben en procesos más amplios de precarización y fragmentación del mundo popular, atravesado por economías ilegales y cambios socioculturales recientes, que intensifican las fricciones internas4.

Aun en este escenario, emergen figuras organizativas que rehúyen la institucionalización rígida y se apoyan en las lógicas barriales. Las prácticas comunitarias desplegadas en huertas, ferias y riberas responden a modelos organizativos con base territorial que articulan agentes diversos. Entre ellos, se destacan los vecinos, los militantes, algunos técnicos municipales y, sobre todo, las huerteras.

En Molino Blanco, Eleonora comparte su experiencia de cohabitación comunal. Allí, el respeto por el ambiente se entrelaza con la preocupación por la vida colectiva. Los vínculos entre la gente y la cohabitación en la tierra exhiben sus entramados:

Nos juntamos para decidir qué sembramos, qué cosas nuevas podemos plantar en la huerta, pero también para ver qué pasa con el barrio, qué espera el barrio de la huerta, cómo quiere que sea ese espacio más allá de cultivar, también para socializar, para hacer otras cosas que puedan interesar al barrio (Eleonora, huertera, comunicación personal, 6 de junio de 2023).

Estas fórmulas organizativas no buscan replicar modelos institucionales, sino intervenir sobre los problemas a partir de lógicas barriales colectivas. Las huertas activan la invención y la imaginación comunitaria desde su uso y vinculación cotidiana.

La pesca es una práctica reconocida por su visibilidad intermitente, su territorialidad acotada y la transmisión generacional del oficio. En esa dirección, Pedro asegura: “En el barrio nos conocen todos, pero por ahí en los papeles no figuramos. Pero no nos importa tanto. Uno elige un poco dónde se siente a gusto para estar” (Pedro, pescador artesanal, comunicación personal, 21 de junio de 2023). La tensión entre autonomía e institucionalidad reaparece en el testimonio de Laura: “Si esto se hace demasiado formal, se acerca a una estructura institucional y se aleja de la gente. La gente y el barrio son esenciales; al perderlos, se pierde todo el sentido de la cosa” (Laura, huertera, comunicación personal, 3 de julio de 2024). Estos testimonios de un pescador y una huertera pueden yuxtaponerse sin que esa aproximación revele incongruencias o desvinculaciones, dado que parten de una experiencia de infraestructuras vinculares bastante semejantes.

La dimensión comunal también se sostiene en memorias y saberes que viajan entre generaciones y territorios, reapareciendo en modos de hacer que actualizan esas herencias en el presente. En las huertas y en la ribera, las dinámicas comunitarias activan vínculos y memorias territoriales a través de aprendizajes y experiencias compartidas. Nora, huertera e hija de migrantes internos, evoca esa relación entre memoria, migración y formas de habitar el territorio:

Cuando sembramos, nos acordábamos de los que arrancaron con todo esto, de mi viejo, que venía de Corrientes, que había sido campesino, que estuvo en las Ligas Agrarias, de lo que contaba de su lucha, de lo que decía del clima, de la tierra, cómo comparaba su trabajo allá y acá (Nora, huertera, comunicación personal, 18 de julio de 2024).

En las redes barriales, esos saberes que migraron con las familias se convierten en claves de reconocimiento mutuo. Si bien son técnicas heredadas, también pueden pensarse como señales, relatos y prácticas capaces de ordenar la cooperación y producir comunidad. Estas memorias inscriben la práctica en una trayectoria que enlaza territorios diversos y que continúa actuando en el presente. En términos de Haesbaert (2013), la migración produce una forma de multiterritorialidad en la que los saberes campesinos, las experiencias políticas y las referencias al clima y la tierra de origen se superponen con el trabajo actual en la huerta urbana. Esto muestra una coexistencia de registros territoriales que guía las decisiones cotidianas y amplía el repertorio de prácticas disponibles.

Asimismo, estas manifestaciones encuentran un punto de actualización y condensación en la producción de celebraciones y rituales. La festividad del Cristo de las Redes, surgida en el Remanso Valerio a comienzos de los años 1990, ocupa un lugar central en el espacio simbólico de la pesca artesanal y en el cancionero de la Trova Rosarina5. Nació como un ritual defensivo para impedir la instalación de proyectos recreativos y comerciales que amenazaban con desplazar a los pescadores y borrar su presencia histórica en la ribera (Roldán y Arelovich, 2023). Cada año, la bendición de las redes, la comida compartida y las historias del río funcionan como una afirmación colectiva. Se trata de una manera de inscribir la memoria migrante y ribereña que afirma, al mismo tiempo, arraigo y pertenencia territorial. Estas comunidades sostienen una gramática histórica del habitar, en la que el vínculo con la tierra y el agua se transmite antes como una herencia práctica que como una norma institucional.

En este cruce entre prácticas, memorias y relaciones, la dimensión comunal aparece como un punto de entrelazamiento entre territorio, historia y cultura. Las estrategias de subsistencia que despliegan son también tácticas históricas que, con herramientas modestas, interfieren con la homogeneización urbana. Al mostrar otras maneras de producir el territorio, evidencian las dinámicas de habitar diferenciales y las trayectorias migratorias que las hicieron posibles. El registro comunal atraviesa generaciones hasta adaptarse a las modificaciones de la configuración urbana. Desde esta trama de prácticas y lugares, queda la impresión de que la ciudad encuentra sus contornos al proteger las historias que la recorren, historias que, por otra parte, sostienen la continuidad de estas infraestructuras vinculares.

Discusión: producir y ver el territorio desde el agua y la tierra

Ni el plan ni el mercado explican las prácticas de la pesca artesanal y la agroecología urbana de Rosario. La pesca no valoriza el suelo de la costa, no lo convierte en renta ni en reserva de suelo, y por eso permanece ilegible para la racionalidad mercantil y la lógica del plan (Roy, 2013). Las huertas, nacidas del hambre antes que de un proyecto, ocupan intersticios que la planificación y el mercado dejaron vacantes y prosperan al margen, y a menudo a contramano, del ordenamiento territorial. Entre la cuadrícula del plan y la valorización del mercado se abre, así, un tercer registro de producción territorial, sostenido en el trabajo cotidiano sobre el agua y la tierra (Brenner y Schmid, 2016). Las prácticas ribereñas y hortícolas no agregan un punto de vista alternativo sobre un territorio ya producido por otros; en todo caso, producen territorio según una lógica que no se deja reducir a las modulaciones dominantes de la producción del espacio urbano.

En la puesta de relieve de ese desplazamiento reside el aporte principal del artículo. Frente a las lecturas que ordenan la producción del espacio urbano alrededor del par plan/mercado —al Estado que proyecta y al capital que valoriza—, las territorialidades intersticiales en Rosario exhiben un tercer registro, irreductible a ambos, en el que el territorio se produce desde el trabajo de subsistencia y la atención encarnada, y donde esa construcción genera sus propias formas de habitar (Agier, 2011), de percibir y visualizar (Ingold, 2000).

En la pesca se aprecia con nitidez cómo el trabajo produce el territorio. Desde las islas y en la corriente del río, los pescadores leen las variaciones del agua a partir de señales que se vuelven legibles desde adentro de la corriente. Es una habilidad cotidiana y de subsistencia. Julio, pescador veterano, lo expresa así:

Desde arriba de la ciudad, la costa no se ve. A la costa la aprendés a ver desde adentro del río. Desde la ciudad, la costa es donde algo termina, nada más. Para nosotros, donde termina la ciudad empieza el río y la isla, que es lo que importa, lo interesante (Julio, pescador histórico, comunicación personal, 12 de agosto de 2023).

Para los pescadores, donde el plano de la ciudad encuentra su borde, empieza su territorio. El río y la isla conforman el territorio de vida y trabajo para ellos. En su visión, la orilla deja de ser el límite de lo urbano y se convierte en el umbral de una territorialidad acuática, hecha de corrientes, canales y lagunas. Oslender (2016) describió para el Pacífico colombiano cómo las comunidades ribereñas producen territorio en el agua y no solo en tierra firme. La pesca artesanal rosarina prolonga esa intuición hacia un río urbano y portuario, donde el mismo canal que sostiene la subsistencia conforma también el corredor logístico y el frente costero de valorización inmobiliaria y la terminal portuaria. En esa superposición, se afirma el carácter intersticial del territorio que la pesca produce y sostiene.

Con la tierra sucede un desplazamiento análogo. Las huertas urbanas no surgieron de una búsqueda bucólica romántica ni de una conciencia ecológica de conservación, sino como propuesta concreta ante la precariedad, el hambre y la necesidad imperiosa de producir alimentos a bajo costo en los barrios populares. Quien las trabaja resiste, incluso, la lectura paisajística que los visitantes proyectan sobre el terreno. Así, esta relación y percepción del paisaje es narrada por Paula:

Cuando viene gente de afuera, te comentan lo distinto que es todo esto. Dicen que ven un lugar donde el tiempo pasa de otra manera. No hay apuro y hay mucho silencio. Ven un paisaje natural, con plantas de verdad, etc. Pero esto no es un paisaje nomás, esto es también laburo (…). No es un adorno; la huerta es producción y alimento (Paula, huertera, comunicación personal, 29 de agosto de 2024).

La advertencia de Paula, acerca del carácter laboral-político de la huerta y no meramente paisajístico-recreativo, señala el punto exacto en que la mirada externa estetiza una labor que es, para ella, producción y sustento. Tomada en sentido estricto, desactiva cualquier celebración del intersticio como reserva pintoresca, ya que la huerta no embellece la ciudad, sino que la produce por otros medios y siguiendo otras modulaciones (Agier, 2011). Tsing (2019) mostró cómo ciertos ensamblajes de subsistencia emergen en la fricción entre ecologías inestables y economías precarias. Las huertas rosarinas componen uno de esos ensamblajes. Brotan de las ruinas de la expansión urbana y los huecos que deja la expansión inmobiliaria. Antes que un testimonio de cierta nostalgia rural, las huertas son una afirmación de las posibilidades de hacer ciudad a partir del sustento y la producción (Brenner y Schmid, 2016).

Ese modo de generar el territorio conlleva una forma específica de hacerlo visible. La tradición con la que la ciudad argentina se pensó a sí misma privilegió un punto de observación elevado y panorámico. La costa y las huertas quedaron subordinadas a la lógica de la expansión urbana, con la consiguiente pérdida de la perspectiva a ras de suelo y desde el río. Sobre la canoa o con los pies en la huerta se verifica una proximidad encarnada, en el sentido de la percepción inmersiva que describe Ingold (2000). Esta posición no constituye necesariamente un estilo de vida opuesto a la distancia panorámica, sino la cara sensible de ese tercer modo de producir territorio. Reconstruir ese régimen de visibilidad en sus propios términos —su genealogía, su vínculo con la antropología de la percepción inmersiva, sus consecuencias para la representación de la ciudad— trasciende los límites de este artículo, centrado en la producción de los territorios intersticiales. Puede anticiparse, sin embargo, que un régimen de visibilidad no cancelable por el plan ni por el mercado se articula con una forma de mirada igualmente ajena a la lógica proyectual. Esta hipótesis plantea implicancias que superan las posibilidades de desarrollo de este trabajo y, por lo tanto, aquí solo queda enunciada a la espera de futuras elaboraciones.

La pesca artesanal y la agroecología eluden la caracterización de residuos o reservas verdes del proceso de urbanización, ya que sostienen una producción territorial que el par plan/mercado no contiene. Sin embargo, tampoco resulta prudente idealizarlas. Su origen reside en las necesidades de las poblaciones subalternas, convive con estigmas y fracturas internas, y su continuidad resulta incierta. Esa misma fragilidad, también, es la cifra de su relevancia. Atender a estas territorialidades intersticiales restituye a la historia urbana de Rosario un repertorio de prácticas, vínculos y memorias que los archivos documentales en pocas ocasiones registran. Estas prácticas obligan a repensar la ciudad más allá del plano y la renta, a partir del trabajo cotidiano que rehace sus gramáticas en la costa, el río y a ras de suelo.

Conclusiones

Analizando la pesca artesanal y la agroecología, se observa la dinámica histórica de los intersticios urbanos. Estos revisten la forma de territorios de trabajo, sociabilidad y producción que atravesaron crisis, migraciones y reconfiguraciones. Apuntalados en el tiempo por agentes, memorias y vínculos comunitarios, estos entramados muestran cómo ciertas maneras de habitar ponen entre paréntesis los marcos normativos de la urbanización. En su persistencia, estas prácticas producen territorialidades intersticiales que desbaratan las dicotomías entre planificación y mercado, y contribuyen a reensamblar la ciudad desde sus intersticios productivos. Más allá de su supuesto carácter excepcional o residual, estas prácticas mantienen abierta otra manera de leer y pensar la ciudad, perceptible en los ranchos de la costa baja, en las huertas que avanzan sobre el baldío y en las canoas que cortan la superficie del río.

Tres planos, interpretados en clave etnográfica e histórica, ordenan los datos de un trabajo que revela capas entrelazadas de territorialización y temporalidad. La pesca artesanal y la agroecología suceden en áreas reapropiadas por los usos cotidianos y comunitarios que contribuyen a la extensión y reconfiguración de lo urbano. Los vínculos entre humanos y no humanos construyen un ámbito donde las modulaciones de la ecología popular activan saberes y relaciones de corresponsabilidad y modalidades de atención que trasvasan los planteamientos técnicos formales. Ambas prácticas se entrelazan con una historia de interacción entre la ciudad, el río y la tierra. Las convergencias ecológicas muestran las fuerzas que han incidido en las variaciones locales de las relaciones entre territorios y ecologías. Las tramas vitales y productivas de estos intersticios ponen en juego relaciones de reciprocidad y autonomía. Esos vectores colectivos son narrados por las escenas de una red reparada mancomunadamente, una cosecha compartida, un pescado que pasa de una canoa a otra, etc. Las comunidades funcionan como infraestructuras vinculares que sostienen, en el tiempo y a través de los territorios, producciones colectivas, migraciones, oficios heredados y cohabitaciones barriales, trayectorias que se remontan a décadas de desplazamientos que no cesan de reconfigurar lo urbano y reconfigurarse junto a él.

Las imágenes ancladas en la práctica se forman a partir de los cuerpos en movimiento, los suelos trabajados, las variaciones topográficas del río y la costa. Ese conjunto delimita una genealogía urbana casi invisible para los registros documentales, tejida en ciclos que desaparecen con cada oleada de ordenamiento y reaparecen cuando esta se retrae. Tales configuraciones del territorio han modelado, desde sus intersticios, la producción histórica de la ciudad y habilitan la reconstrucción de genealogías territoriales profundas que no encajan en las narrativas centradas de forma exclusiva en la planificación y/o la valorización del suelo.

En este trabajo, dichos niveles se articulan mediante una lógica que recupera los registros de campo y las metodologías cualitativas. El objetivo consistió en recomponer una zona de la constelación urbana que el planeamiento moderno, el mercado del suelo y la historia urbana tendieron a relegar, mostrando cómo los registros de campo permiten captar historicidades que no dejan huellas estables en los archivos. Desde esa genealogía, emerge otra ciudad, visible y audible en los vínculos y las voces que esculpen los territorios intersticiales, sostenida por una red de gestos históricos y territoriales de colaboración, cuidado e imaginación.

La contribución de este trabajo consiste en mostrar cómo la lectura etnográfica complementa a la historia urbana al volver legibles ensamblajes e historicidades con escaso registro documental. Al reconstruir prácticas, ritmos y materialidades, la pesca artesanal y la agroecología urbana desestabilizan las coordenadas del archivo y funcionan como registros vivientes que condensan temporalidades y territorios heterogéneos. Desde estas prácticas, la historia adquiere espesor y permite repensar y complejizar las relaciones entre plan y mercado a través de las gramáticas diferenciales de la ciudad. La etnografía, al seguir ritmos y prácticas, abre otras reflexiones sobre el habitar inscritas en las redes y las raíces de los territorios intersticiales.

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  1. 1 La selección de los ocho sitios urbanos respondió a criterios combinados de acceso y relevancia. Se priorizaron espacios donde fue posible construir relaciones de confianza y realizar observaciones en ámbitos públicos o semipúblicos sin interferir en las dinámicas productivas o comunitarias. Los cuatro sitios vinculados a la pesca artesanal y los cuatro asociados a la agroecología conforman una constelación abierta de puntos de observación que permite captar variaciones significativas en localización, organización, vínculos institucionales y relacioens de sociabilidad.

  2. 2 El Municipio de Rosario, a través de sus secretarías de Promoción Social (en una primera etapa) y de Economía Solidaria (posteriormente), desarrolló diversas aproximaciones a las experiencias agroecológicas hasta conformar el PAU de la Municipalidad de Rosario. En ese trayecto, jalonado por las crisis de 1989 y 2001, las posibilidades de reproducción ampliada de las prácticas agroecológicas urbanas se multiplicaron, aunque también se vieron resentidos sus niveles de autonomía. Aun así, el PAU continúa vigente en la órbita de la Subsecretaría de Economía Social.

  3. 3 La pesca artesanal mantiene vínculos históricos con los acopiadores y con algunos frigoríficos con capacidad de guarda. En Rosario son muy pocos, pero existen pescadores que rotan entre actividades artesanales e industriales. Durante la primera mitad de la década de 2010, el municipio implementó un programa de pesca artesanal orientado a la tecnificación del sector mediante subsidios y apoyos económicos destinados a la compra de motores y equipos de refrigeración.

  4. 4 Las transformaciones del mundo del trabajo —incluyendo la expansión del empleo informal, la reconfiguración de los oficios tradicionales y la creciente imbricación entre economías legales e ilegales— constituyen un trasfondo decisivo para comprender estas dinámicas. Sin embargo, su complejidad excede los alcances de este artículo, que se concentra en las dimensiones territoriales, perceptivas y ecológicas de las prácticas analizadas.

  5. 5 La advocación y la festividad del Cristo de las Redes del Remanso Valerio inspiraron la composición de Oración del remanso. En 1998, Jorge Fandermole escribió esta canción litoraleña que retrata la vida del pescador artesanal y el paisaje ribereño del Paraná, donde el trabajo, la fe y el río forman un mismo entramado cotidiano. La plegaria expresa la necesidad de protección frente a la precariedad que atraviesa la vida y el trabajo en el río, convirtiéndose en una pieza ampliamente difundida de la cultura pesquera del litoral.