Baña, M. (2025). Rusia hoy: Para entender el país que la derecha y la izquierda todavía miran con ojos del siglo XX. Siglo XXI Editores, 172 pp.°
Federico Edgardo Giorgetti*
Recepción
15 de diciembre de 2025
Aceptación
18 de diciembre de 2025
Uno de los mayores problemas que aquejan a las ciencias sociales son las barreras de orden lingüístico y cultural. Aún hoy, en el fin de las distancias y los tiempos, se yerguen límites a la comprensión y el interés de los científicos sociales que vuelven inaccesibles numerosos temas, espacios, períodos y culturas. Esto se agrava si dichos cientistas provienen de países y espacios periféricos, condenados, pareciera, a estudiarse a sí mismos y copiar, para todo lo demás, a los “centrales”.
La presente obra de Martín Baña se inscribe en un espíritu de superación de estas barreras. Avezado en temas rusos, el autor nos propone acercarnos al fenómeno de la Rusia actual con ojos mesurados y desmitificadores, entendiendo que las visiones existentes de Rusia, sobre todo en la Argentina y en “Occidente” (incluso dentro de ámbitos académicos), se explican a partir de elementos de índole emocional y de categorías heredadas del siglo XX y de la Guerra Fría. Esto distorsiona la visión del país y conduce a miradas cerradas, esencialistas o parciales que no dan cuenta de la complejidad de la realidad rusa contemporánea.
Es por ello que Baña pretende, con este libro, aportar a una comprensión más compleja del fenómeno ruso, a partir de las preocupaciones o de la curiosidad suscitadas por el regreso de este país al centro de la escena internacional desde 2014. Para hacerlo, desarrolla tres ejes, que remiten tanto al pasado como al presente rusos y que despiertan el interés y, en consecuencia, activan los estereotipos, emociones y esencialismos antes mencionados: el comunismo, el autoritarismo y el imperialismo.
Respecto al comunismo, Baña afirma que en Rusia imperan hoy plenamente las relaciones sociales regidas por los principios de mercado, siguiendo la estela de un proceso comenzado en los años 90 en el cual todos aquellos bienes y empresas del desaparecido Estado soviético fueron adquiridos por individuos que pasaron a ser conocidos como “oligarcas” o “nuevos rusos”. Este grupo empezó a concentrar enormes cantidades de riqueza, poder e influencia, transformándose en factores decisivos de la economía y la política rusas. En lo referido al grueso de la ciudadanía, la transición a la economía de mercado produjo, según el autor, un descenso generalizado del nivel de vida, con pérdida de empleos, inflación, caída de los salarios y un marcado empeoramiento de indicadores como la esperanza de vida, el alcoholismo o la tasa de suicidios. Por su parte, la economía rusa en su conjunto asumió, en línea con la globalización consagrada en los años 90, un perfil productor de materias primas (sobre todo energía) para las economías industriales del “Primer Mundo”.
En el contexto anteriormente descrito, el autor sostiene que el gobierno de Vladímir Putin no es, como algunos suelen presentarlo, un reflujo del pasado comunista enfrentado con el capitalismo globalizado, sino que, por el contrario, constituye un ordenamiento político funcional a dicha configuración socioeconómica. Esto se evidencia sobre todo en muchas medidas de corte neoliberal asumidas por dicho gobierno, que han implicado desde la austeridad presupuestaria hasta la privatización de la provisión de salud, o códigos de trabajo favorables al capital. Lo que ha podido observarse desde el inicio de la era Putin, según Baña, es un refuerzo del papel del Estado en el establecimiento de las líneas maestras de la vida nacional, y esto tanto en la esfera económica como en las demás. Es a partir de este deseo de refuerzo del Estado que, según puede inferirse de la lectura del libro, el gobierno emprendió la nacionalización de algunas empresas estratégicas privatizadas durante los años 90, así como la búsqueda de un restablecimiento de la “grandeza perdida” de Rusia en la esfera internacional. Esto último ha ido de la mano con el patrocinio estatal al nacionalismo ruso, adoptándose una visión gloriosa del pasado centrada en el desarrollo del poder del Estado como vehículo de la grandeza nacional.
Dentro de este marco y de estas políticas, la gestión de Vladímir Putin hizo una reinterpretación selectiva y oportunista del legado soviético. Esto es explicado a partir de los objetivos principales del gobierno: vertebrar el poder del Estado ruso al interior del país, crear condiciones para el mejor desarrollo del proceso de acumulación de las élites, y devolver a la Federación un papel protagónico en la escena internacional. Rescatando, como ya hiciera en la introducción, el valor de las emociones y la dimensión afectiva en la política y la cultura, el autor afirma que Putin buscó tocar las fibras más íntimas del corazón de los rusos actuales apelando a la nostalgia que aún despiertan los tiempos soviéticos por una multitud de razones: mejores condiciones de vida, orgullo nacional, ideología compartida y aglutinante, que daba a la existencia un propósito, etc. Para ello, adoptó un nuevo himno nacional con la melodía del de la URSS y buscó recuperar el legado soviético en un continuum de historia rusa milenaria que refleja la grandeza de la patria. Esto implicó también, como hemos tenido ocasión de ver hace unos meses, la recuperación de personajes como Iósif Stalin, cuya imagen reina nuevamente en el metro de Moscú.
Cabe aclarar que el rescate del legado soviético ha supuesto, y Baña lo señala con precisión, una despolitización profunda del mismo, puesto que no está entre los objetivos del gobierno de Putin el volver a esquemas socialistas. Lo que sí está es el deseo de movilizar a una población que aún añora lo mejor del sistema soviético en apoyo al orden capitalista y autoritario ruso actual, y es ahí donde deben buscarse las respuestas a los interrogantes en este sentido.
Es precisamente con el autoritarismo que el autor continúa su exploración de los principales tópicos que, considera, moldean nuestra visión de Rusia. En una interesante disquisición histórica e historiográfica, busca develar las causas del hecho de que en los últimos 500 años de historia rusa los gobiernos autoritarios hayan sido la nota dominante. Esto, afirma, ha sido interpretado muchas veces desde un paradigma esencialista que achacaba el fenómeno a un “alma rusa” fundamentalmente antidemocrática y proclive a estas formas de gobierno, heredada de la dominación mongola. El mismo paradigma se mantuvo para analizar desde a Iván el Terrible hasta a Brézhnev o Putin, añadiéndose, para los casos soviéticos, visiones anticomunistas que derivaban el autoritarismo del Partido Comunista de la Unión Soviética tanto del “alma rusa” como de implicaciones despóticas de los escritos de Marx. Este enfoque, presente en la historiografía liberal del siglo pasado, es tachado por el autor de reduccionista. Con economía, Baña adjudica la persistencia del autoritarismo en Rusia a la particular configuración mundial surgida a partir del siglo XVI, y al papel que en ella asumió lo que entonces era el Zarato Ruso. Con un marco teórico reminiscente de Immanuel Wallerstein, el autor afirma que la naturaleza periférica de Rusia en el incipiente “sistema-mundo” capitalista dejó al gobierno de los zares con pocos recursos con los cuales operar, lo que a su vez le impedía sostener el esquema de acumulación de las clases dirigentes. Ante una situación así, y de una forma que según el autor es “típica” de espacios periféricos o semiperiféricos, la solución encontrada por dicho gobierno y dichas élites habría sido dotar de dosis de poder cada vez mayores al primero, permitiéndole suprimir los conflictos sociales en pro de la permanencia y desarrollo del orden vigente. Se adopta casi el mismo esquema para explicar el autoritarismo soviético. Este habría desarrollado su configuración autoritaria en respuesta a un contexto de crisis europea y mundial durante sus primeras décadas, sosteniéndola luego ante la necesidad de equipararse a un Occidente siempre más adelantado. Así, fue de nuevo la posición periférica y la falta de recursos que esta implica la que determinó la necesidad política, social y económica de concentrar el poder en el Partido Comunista de la Unión Soviética.
El tratamiento dado al autoritarismo putinista merece una consideración aparte debido a su riqueza de sentidos. Baña sostiene que, desde la disolución de la URSS, el nuevo orden capitalista precisó rápidamente de un gobierno autoritario que garantizara a las nuevas élites el sostén del proceso de acumulación que habían iniciado, cuyos perniciosos efectos generaron un malestar inmediato entre la población. Para ello, y apoyándose sobre las bases preexistentes, el gobierno de Borís Yeltsin comenzó muy tempranamente a concentrar el poder en el Ejecutivo, proceso continuado por Putin, también autor de medidas neoliberales impopulares pero funcionales al capitalismo ruso.
Es cuando se aborda la deriva autoritaria de Putin a partir de 2012 y del inicio de la Guerra de Ucrania en 2022 que nos encontramos con el argumento más interesante, aunque también más discutible, de las consideraciones sobre el autoritarismo ruso. En resumidas cuentas, el autor considera fascista al actual gobierno de Putin, apoyando su afirmación en las voces de distintos autores, pero también en definiciones y paralelismos históricos desafortunados. En primer lugar, define como “fascista” a un régimen caracterizado por la represión a la sociedad civil, que persigue activamente su despolitización y aceptación del statu quo. El fascismo clásico, por el contrario, buscaba su movilización masiva detrás del régimen con una retórica revolucionaria y transformadora. En segundo lugar, Baña achaca la deriva autoritaria actual y la fascista del siglo XX a épocas de crisis del capitalismo, en las que las élites se replegarían sobre regímenes autoritarios en pro de la supervivencia/profundización del sistema. Este argumento, si bien resulta interesante para el análisis de la actualidad, peca quizá del mismo reduccionismo que se criticara en la tesis del “alma rusa”, al negar la naturaleza pluriclasista y corporativa de los fascismos “genéricos”.
Esta última objeción podría extenderse a todo el capítulo, pero se entiende que la finalidad de la obra es contribuir a la comprensión de la Rusia actual, en un loable compromiso del autor con los problemas presentes que se evidencia desde el principio.
Quizá aún más rico que el segundo capítulo resulta el tercero, que versa sobre el imperialismo ruso. Baña alcanza aquí las más logradas y mesuradas páginas de la obra. A lo largo del capítulo recorre las distintas configuraciones, causas profundas y entramados ideológicos de los imperialismos ruso y soviético. Como de costumbre, achaca el imperialismo de los zares a la configuración mundial capitalista surgida en el siglo XVI y al papel ruso en ella: periférico, pero dado a expandirse para sostener la exportación de materias primas y darse seguridad. De esta expansión surgió un entramado ideológico justificatorio que presentaba a Rusia como un agente de civilización frente a “Oriente”. Este entramado no desapareció luego con la Revolución bolchevique, sino que pervivió en forma velada y contribuyó a dar a Rusia el predominio dentro de la URSS, llevado a su apogeo por Stalin con políticas rusificadoras y centralistas.
Con respecto a Putin, el autor presenta sus políticas actuales en este sentido como una forma actualizada de imperialismo, desplegando para ello una encomiable batería de conceptos. “Economía moral del resentimiento” y “Diplomacia de la Memoria” (que bien pueden asociarse a la mencionada “Defensa Agresiva” zarista) se combinan en una sólida argumentación para analizar un imperialismo que escapa a las definiciones economicistas que tradicionalmente han signado el concepto. El imperialismo de Putin pretende enseñorearse del espacio ex-soviético en un contexto de capitalismo monopólico y competencia interimperial. Con ese objetivo, recurre a una lectura nacionalista y esencialista del pasado ruso, a un irredentismo basado en la presencia de minorías rusófonas en toda la antigua URSS y a una retórica paranoica de amenaza y corrupción occidental que busca revancha por las “afrentas” de los años 90.
Baña cierra el libro reafirmando su voluntad de escribir para el presente, no solo desmitificando y ayudando a la comprensión, sino también colaborando con la búsqueda de alternativas sociales y políticas al orden vigente. Por ello, quizás, atraviese su libro la pregunta leninista ¿Qué hacer?, acompañada siempre de jugosas y gratas referencias musicales de mundos (des)conocidos.
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° https://doi.org/10.52292/csh5520266074
* Departamento de Humanidades, Universidad Nacional del Sur, Argentina. ORCID: https://orcid.org/0009-0004-6314-7023. Correo electrónico: fedegiorgetti2001@gmail.com.
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