Burucúa, J. E. (2024). Civilización: historia de un concepto. Fondo de Cultura Económica, 752 pp.°
Bernarda Abril Benitez Reimers*
Recepción
22 de abril de 2026
Aceptación
28 de abril de 2026
En el año 2024 el reconocido historiador del arte José Emilio Burucúa publicó un libro de más de setecientas páginas titulado Civilización: Historia de un concepto. Se trata de una obra monumental de Historia conceptual, compuesta por un prólogo, treinta y seis capítulos organizados de manera cronológica, un epílogo y un índice bibliográfico y de figuras. A lo largo de la misma, se propone indagar en los antecedentes históricos de un concepto que ha sido cuestionado y casi abandonado como categoría de análisis en las Ciencias Sociales, pese a que en el discurso público se lo moviliza con harta frecuencia.
Más aún, uno de sus principales aportes es que no se limita a examinar los usos concretos del término durante la historia, sino que también propone una definición propia. Así pues, en el prólogo el autor describe a priori las cinco notas que considera propias de la civilización, que a su vez componen una teoría para interpretar procesos civilizatorios. La primera, que desencadena todas las demás, es la curialización o domesticación del grupo de los guerreros, tal como fue teorizada por Norbert Elias (1987). Esta consiste en el acrecentamiento de la autoconsciencia, autocontrol y autocoacción de los impulsos agresivos y violentos en una sociedad, que se inicia a partir de una presión o norma externa (como la de la etiqueta cortesana), pero luego se internaliza en el superyó individual. Dicho cambio posibilita la emergencia de un tiempo no destinado a las actividades de supervivencia (guerra y trabajo), que puede utilizarse en tareas como el cultivo de las flores y el desarrollo de una gastronomía compleja y distintiva, que es la segunda característica del modelo. También permite, en tercer lugar, la producción de poesía lírica, que, según el autor, fue la primera expresión poética que no satisfacía la necesidad de autorrepresentación de una clase en particular (La Nación, 2024, 15m44s). Del anhelo civilizatorio de las culturas por encontrarse, interpretarse y comprenderse surge el cuarto rasgo: la práctica extendida de las traducciones. Y, por último, cuando las sociedades vuelven su mirada hacia sí mismas y desarrollan formas de organización colectivas para proteger a los débiles, se genera un sistema de administración burocrática de la misericordia. Así se alcanza el punto culminante.
Esta teorización inicial funciona de punto de partida y contraste con la sugerente y ambiciosa indagación posterior, que se articula en torno a cuatro objetivos. En primer lugar, historizar tanto la palabra como el concepto de “civilización”, distinguiendo entre ambos y reconociendo que el segundo tiene una “protohistoria” previa a la aparición de la primera. Para ello, se apoya en una larga trayectoria de autores que han transitado la temática, como Lucien Febvre (1930), Norbert Elias (1987), Émile Benveniste (1997), Jean Starobinski (1999) y Brett Bowden (2009), y se ciñe al desarrollo mediterráneo y europeo de la palabra-concepto. Así, en los primeros catorce capítulos describe de manera minuciosa cómo del antiguo término civitas y los modernos civilité, civility, poli, politesse y police devinieron las acciones polir y civiliser durante la segunda mitad del siglo XVII y la primera del XVIII, y luego la nominalización1 de la última durante la segunda mitad del siglo XVIII, con lo que la palabra adquirió dinamismo y carácter de proceso.
En segundo lugar, el historiador persigue indagar, en lo que denomina “sistemas socio-culturales complejos” en horizontes extraeuropeos, la existencia o no de términos que ingresen en el campo semántico de “civilización”, lo cual lo lleva a salirse de los límites impuestos por su formación atlántica con el apoyo de especialistas (que aparecen referenciados en el texto) y el cotejo de múltiples traducciones. Pero Burucúa también pretende, en tercer lugar, dar cuenta de las relaciones que se establecieron cuando la civilización europea entró en contacto con otras en el contexto de su expansión imperialista, momento en que el concepto se convierte en campo de diálogos, negociaciones y disputas. A esto se aboca entre los capítulos XIX y XXIV, quizás la parte más bella del libro, que nos invita a trasladamos hacia el Imperio ruso, donde muchos intelectuales rechazaron la цивилизация (tsivilizátsiya) sobre la que los habían querido instruir los franceses en el siglo XVIII. También al Japón de la era Meiji, cuyos mandatarios abrazaron con entusiasmo el ideal, y al Indostán, donde pensadores como Mahatma Gandhi lo aceptaron en un principio, para luego debatirlo y confrontarlo con el peso de la opresión colonial del Imperio británico. Por otra parte, en los territorios árabes y en China ya existían palabras con un sentido similar a la que surgió en Europa durante la modernidad desde hacía casi tres milenios.
En cuarto lugar, el libro se propone examinar la crítica que se produjo a partir de aquellos vínculos. Así pues, entre los capítulos XXVI y XXXV se problematizan tal cantidad de teorías y reflexiones al respecto de nuestro tópico, sobre el que ha corrido tanta tinta de historiadores, filósofos, antropólogos, sociólogos y politólogos, que no sería posible enumerarlas todas en esta breve reseña. Cabe destacar, sin embargo, su fuerte cuestionamiento a la “instrumentación político-militar” (p. 613) de la teoría de Samuel P. Huntington (1996), así como la valoración que otorga a Simone Weil (2005) y María Zambrano (2019), quienes afrontaron las crisis civilizatorias de su tiempo mediante la elaboración de propuestas filosóficas de gran relevancia. Además, un eje central en su recorrido crítico es la idea de “descivilización”2, o retroceso civilizatorio, con momentos culminantes como la Primera y Segunda Guerra Mundial y, en nuestro país, el golpe de Estado de 1976.
En resumen, el ensayo da cuenta de los múltiples significados, muchas veces contradictorios entre sí, que se asignaron al concepto desde sus inicios. Por ello, las fuentes que utiliza para su abordaje son, necesariamente, numerosísimas. La mayoría son escritos de pensadores o intelectuales, en lo cual sigue la tradición un tanto elitista de la Historia conceptual de centrarse en el interés por los lenguajes a partir de la figura del “autor”. No obstante, en algunos capítulos también echa mano de la literatura y las artes visuales, incluyendo pinturas, esculturas y films. Por otra parte, el texto mismo de Burucúa tiene un carácter literario sin dejar de lado la rigurosidad científica, generando una experiencia agradable de lectura acorde a su propósito de imitar “la antropología poética e inabarcable” (p. 23) de Roberto Calasso.
Queremos detenernos en los capítulos XV y XVI, en los que la problemática es llevada al Río de la Plata, y el ineludible Facundo de Sarmiento (2010) hace emerger con claridad que “civilización” no es un concepto aislado, sino parte de una pareja conceptual, o un contraconcepto si nos alejamos un poco del texto reseñado y nos remontamos a Reinhart Koselleck (1993). El autor alemán, fundador de la Begriffgeschichte, postuló que “civilización” y “barbarie” son conceptos contrarios, porque el primero delimita lo que le es propio y lo que le es ajeno y, por lo tanto, es su opuesto el que lo dota de sentido, y viceversa. A su vez, son asimétricos, porque existen en relación de desigualdad: es siempre el civilizado quien define quiénes son los bárbaros. Por ello, en el marco del período de construcción del Estado-nación argentino, Burucúa identifica que el binomio pasa
desde su identificación con el par europeo-americano o ciudadano-gaucho a su fusión con el par argentino blanco-indígena o inmigrante europeo-indígena (…) sobre todo desde el momento que se planteó como necesidad política la sujeción del sur de las pampas y de la Patagonia, en manos de pueblos originarios, al dominio y la jurisdicción del gobierno federal (p. 199).
De este modo, entendemos que cuando el concepto trasciende lo descriptivo y se convierte en una “norma político-moral” (Starobinski, 1999: 33) que permite a quienes se adjudican el lugar de lo civilizado juzgar y condenar a los bárbaros por la defensa de sus propios intereses “civilizatorios”, los métodos utilizados para lograr supuestos nobles propósitos son muchas veces violentos. Por lo tanto, el proceso civilizador tiene la marca de la barbarie. Lamentablemente, hay muchos ejemplos de esta contradicción, pero el autor se detiene, entre los capítulos XVI y XVIII, y en el XXV, en la mal llamada “Conquista del Desierto” en nuestro país, en el avance sobre la frontera indígena en Estados Unidos, en la esclavización de las personas negras, en el genocidio armenio y en los perpetrados en África tras la Conferencia de Bandung3.
En suma, todo este valioso entramado histórico y teórico-conceptual se orienta al propósito último del libro: desmontar la idea de que una civilización puede ser superior a las demás, a partir de la proposición de “una dialéctica creativa, múltiple y simultánea entre las civilizaciones del mundo, redefinidas sobre la base del derrumbe de toda supremacía europea” (p. 38). Sin embargo, Burucúa admite la existencia de superioridades parciales, poniendo como ejemplo que el principio de la hospitalidad en el mundo árabe no se ha replicado en ninguna otra parte de la humanidad (La Nación, 2024, 11m38s; Asociación Argentina de Investigadores en Historia, 2025, 23m16s). Esto abre el camino a futuras investigaciones que aborden el desarrollo histórico de los cinco rasgos civilizatorios en distintas culturas, como se propone en el prólogo, y que lo hagan con un afán comparativo y constructivo de un ideal superador que reconozca, como ya lo hizo Elias, que la civilización es el resultado del aumento de la interrelación entre los seres humanos, y que nuestros esfuerzos intelectuales deben tener como finalidad el mejoramiento de los vínculos.
En síntesis, podemos afirmar que la obra cumple solo con el primero de los objetivos que se plantea. Pero esto no es una debilidad, sino que, por el contrario, se debe a que los otros tres abren líneas imposibles de agotar en un solo volumen. Prueba de ello son los trabajos recientes que abordan el concepto de “civilización” u otros que lo interrogan y tensionan en contextos específicos (cfr., por ejemplo, Carrizo, 2025; Ehrhardt, 2025; Kühberger, 2025; Zhang, 2025; Çınar y Zencirci, 2026), que podríamos hacer dialogar con el esfuerzo de Burucúa y enriquecerlo.
A modo de cierre, corresponde plantearnos un problema de urgente actualidad política, a partir del cual la propuesta reseñada adquiere particular relevancia. Hemos visto que la barbarie del proceso civilizador caracterizó la construcción de los Estados-nación durante el siglo XIX, que se erigieron sobre la base de la eliminación material y simbólica de grupos definidos como bárbaros. Paradójicamente, fue la monopolización de la violencia, condición de la formación del aparato estatal, la que posibilitó la domesticación de los guerreros4 y su sometimiento a un conjunto de normas institucionales. En otras palabras, la conformación del Estado se encuentra en la base del movimiento civilizatorio, aunque el concepto haya sido utilizado para enmascarar su barbarie implícita. Entonces, si concebimos la civilización de manera plural, múltiple y genuina, y hacemos de ella un ideal para el futuro, ¿cuál sería el rol del Estado para y dentro de la misma? Burucúa dio una respuesta en un libro de entrevistas de 1997:
Si bien el estado se vio transformado a lo largo del siglo XX en ese “ogro filantrópico” del que habló Octavio Paz, no es sano que desaparezca. Sin estado seguramente no habrá civilización. Eso sí, necesitamos un estado limpio, funcional, que cree las condiciones adecuadas para desarrollar un espacio común de discusión y participación. Hablo de un estado representativo entendido como emanación de la práctica democrática (Burucúa, 1997: 77).
Sus palabras de entonces, en relación con su obra reciente, adquieren hoy una nueva significación para interrogar nuestro presente.
Bibliografía
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Çınar, A. y Zencirci, G. (2026). Introduction: civilizational thought and Islamic decoloniality. Turkish Studies, 27(3), 451-466. https://doi.org/10.1080/14683849.2026.2644994
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Elias, N. (1987). El proceso de la civilización: Investigaciones sociogenéticas y psicogenéticas. Fondo de Cultura Económica. (Trabajo original publicado en 1939).
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1 Transformación del verbo en un sustantivo terminado en -ción.
2 Que deduce, ya que no aparece explícitamente, de Los alemanes de Norbert Elias (2009).
3 Sobre el problema de los genocidios, el autor tiene un libro publicado junto a Nicolas Kwiatkowski titulado Como sucedieron estas cosas: representar masacres y genocidios (2014).
4 Aunque no es la única causa. Por ejemplo, en una entrevista para La Nación, Burucúa desliza el importante papel que habrían jugado las mujeres en la curialización de los guerreros (La Nación, 2024).
° https://doi.org/10.52292/csh5520266076
* Departamento de Humanidades, Universidad Nacional del Sur, Argentina. ORCID: https://orcid.org/0009-0005-3494-0767. Correo electrónico: berni.abril.benitez.reimers@gmail.com.
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