Una vez más: La fórmula positivista del peso
pondencia en pérdidas y ganancias es la siguiente: “22 = grave”,
“21 = moderado” y “20 = leve”; así, una interferencia “grave” en la
libertad de prensa vale “22”.
(x) Es preferible, sin embargo, utilizar una escala más fina (aunque
imprecisa); la doble triádica: “256, 128, 64, 32, 16, 8, 4, 2, 1”, que
corresponde a “28, 27, 26, 25, 24, 23, 22, 21, 20”; esta escala es solo un
despliegue de la anterior: por ejemplo, “28 = 256 = grave grave”, “27
= 128 = grave moderado” y “26 = 64 = grave leve”.
El problema más grave que plantea la proporcionalidad, en la necesidad
y en la proporcionalidad en sentido estricto, es la forma en que se realizan
las mediciones; es decir, la forma como se determinan los “grados” de pér-
didas y ganancias. Hasta qué punto (o en qué medida) una norma como
N3 sacrifica la “libertad de prensa” es, por supuesto, un juicio de valor mar-
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cadamente subjetivo e indefinido. Es, sin embargo, un requisito necesario
para la aplicación de la proporcionalidad: la propia norma lo impone. Por
eso, en el caso de la proporcionalidad, la medición es inevitable. Este es un
problema que, sin embargo, va más allá de los propósitos presentes. Aquí,
lo que importa es subrayar que, de alguna manera, hay siempre que medir
una pérdida o una ganancia.
(xi) N3 restringe la “libertad de prensa”: existe un ámbito rela-
cionado con el ejercicio de esa libertad que ya no está permitido;
la complejidad de la cuestión radica precisamente en cuál es el
grado de pérdida (dentro del espectro de satisfacción mínima y de
satisfacción máxima) resultante de esa sustracción.
(xii) Con la doble triádica podría decirse que se trata de una pérdida
de “24 = 16”; es decir, que es una pérdida “moderada-moderada”;
sin embargo, lo que importa son las razones que lo justifican, lo que
evidencia cómo la aplicación de la proporcionalidad implica una
justificación externa particularmente exigente.
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Y esta ha sido una de las críticas “habituales” a la ponderación como tal; véase, por ejemplo,
Jürgen Habermas (1996, p. 259) y Stavros Tsakyrakis (2009, p. 482). Sin embargo, dada su
inevitabilidad, criticar la ponderación es como criticar un hecho real: no deja de existir,
aunque pueda ser de algún modo “desagradable”.
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